Se ha repetido en múltiples ocasiones que los olivos mediterráneos son árboles centenarios o milenarios, pero parece ser que su extraordinaria longevidad no se sustentaba en ningún estudio científico.

Se ha repetido en múltiples ocasiones que los olivos mediterráneos son árboles centenarios o milenarios, pero parece ser que su extraordinaria longevidad no se sustentaba en ningún estudio científico. Leo en una reciente noticia que especialistas catalanes en ecología han conseguido datar la edad de una serie de olivos del noreste de España mediante el análisis de los anillos de crecimiento en los troncos, concluyendo que el más viejo del grupo tendría nada menos que 627 años. Aún aceptando que los ejemplares que ahora vemos no sean estrictamente milenarios, lo cierto es que el olivo es parte de nuestro paisaje desde hace miles de años, puesto que este árbol maravilloso llegó a España hace unos cuatro mil años de la mano de los fenicios, griegos y romanos.

Árbol sagrado y venerado, símbolo de sabiduría, de vida, de felicidad y de paz en varias culturas, el olivo está omnipresente en el Antiguo Egipto (plantado en los jardines de la ciudad de Tebas) en la Grecia clásica (se premiaba a los atletas con ramas de olivo) en Roma, en toda la iconografía judeo-cristiana, y también en la islámica. Y de nuestra mano, el olivo llegó también al Nuevo Mundo.

No es extraño por ello que siempre haya llamado la atención de poetas, músicos, pintores y fotógrafos de todos los países. Y por ello, los olivos también están presentes en el arte.

En 1889, Vincent Van Gogh ingresa voluntariamente en el hospital psiquiátrico de Saint Rémy de Provence, ubicado en un antiguo monasterio románico adaptado para estos usos. Lo que inicialmente iba a ser un tratamiento de tres meses se convierte en un internamiento de un año, en el cual Van Gogh vive en un ambiente asfixiante, aislado de toda influencia artística y rodeado de enfermos irrecuperables. Por lo que se sabe, la estancia en Saint Rémy empeoró la ya deteriorada situación psíquica y emocional del pintor.

La disciplina rígida del establecimiento le impide disfrutar en solitario de sus paseos inspiradores por el campo, ya que solo podía salir ocasionalmente para pintar, pero siempre vigilado por un enfermero para prevenir sus frecuentes ataques. Todo lo que referimos ha quedado reflejado fielmente en El Loco del pelo rojo (“Lust for Life”) la más que recomendable película sobre la vida del pintor que en 1956 dirigió Vincente Minnelli y rodó en los escenarios auténticos, incluyendo Arlés y Saint Rémy. No creo que nadie en la historia del cine se haya encarnado tanto ni tan bien en un personaje como lo hizo Kirk Douglas con Van Gogh.

Van Gogh sale y pinta. Y le escribe cartas y cartas a Theo, su hermano. A pesar del ambiente deprimente que le rodea, nos quedan de esta época suya tan turbulenta algunas de las obras más maravillosas de toda su producción, las cuales retratan el paisaje que rodea el sanatorio. Campos de trigo, montañas, nubes, cipreses y olivares quedan plasmados en sus pinceladas distorsionadas, llenas de color. Unos cielos espectaculares, diurnos y nocturnos. (No me he sentido muy bien hermano, tengo de pronto lagunas mentales y sintiera que mil voces gritan en mi cabeza al mismo tiempo. No puedo ocultarlo más, cada vez se hace más fuerte aquella agonía. Pero cuando pinto, ¡Ah, cuando pinto y el olor a trementina invade el aroma del aire me siento tan libre y tan dueño de mí mismo, jamás tengo más control sobre mí que cuando pinto…)

Los olivos son los protagonistas de dieciocho cuadros de la obra global de Van Gogh, y casi todos ellos pertenecen a la etapa de su estancia en Saint Rémy. Su creatividad en ese año asombra, y revela que el pintor intentaba escapar de su estado anímico pintando compulsivamente. Jan Hulsker, el gran historiador especialista en Van Gogh, incluso llegó a datar mes a mes la producción de los más de ciento cincuenta cuadros y dibujos que pintó en ese año fecundo.

En el mes de Septiembre, por ejemplo, ejecuta nada menos que veinticuatro cuadros completos, lo que nos hace pensar que casi todas estas obras magníficas que hoy admiramos en los museos se completaban en un solo día.

(Mi querido Theo, ¡Si vieses los olivos en esta época¡… El follaje de plata vieja y plata verdeando contra el azul. Y la tierra labrada, de un tono anaranjado… ¡algo tan fino, tan distinguido…)

Muchos estudiosos de la obra del pintor holandés mantienen que Van Gogh elige consciente o inconscientemente el olivo a modo de símbolo, con sus troncos retorcidos y nudosos-pero resistentes a toda adversidad- como brazos humanos torcidos y anhelantes que se elevan y representan angustia- y que ello explicaría sus famosas pinceladas ondulantes y en espiral. También aseguran que los olivos de Tierra Santa (no olvidemos que los que se cultivan en esta parte del Mediterráneo derivan de una especie que se cultivaba hace milenios en la antigua Palestina) evocarían o resaltarían la profunda religiosidad del artista, o aludirían al episodio del huerto de Getsemaní.

Pero tal vez Van Gogh se limitaba a reproducir el paisaje que existía en torno al sanatorio, atraído por su belleza intrínseca. Lo cierto es que los olivos le emocionan. “El murmullo de un vergel de olivos tiene algo de muy íntimo, de inmensamente viejo. Es demasiado bello para que yo me atreva a pintarlo, o para concebirlo…”

“La noche estrellada” es uno de los cuadros más famosos del pintor, y pertenece también a su estancia en Saint Rémy. Parece ser que fue pintado en Junio del año de 1889 al que nos referimos, y es una de las atracciones favoritas del Museum of Modern Art (MOMA) de Nueva York. Se ha reproducido en láminas, postales, tazas y en todo tipo de objetos, y fue muy popularizado en 1971 por una muy conocida (y hermosa) canción del cantautor Don Mc.Lean, que describía a la perfección en su letra la tormenta interior que Van Gogh vivía en ese momento. Al contrario de tantos otros de sus cuadros, Van Gogh pinta la noche estrellada de memoria y sin observación del natural.

Los olivos en los que se inspiró Van Gogh en 1889 son ya universales a través de su pintura, pero existen y pueden verse todavía en las inmediaciones del sanatorio. Son los mismos que pintó. Cada vez que veo los de la Sierra de Segura, me pregunto cuánto tendrían que contar estos árboles maravillosos si pudieran hablar.

© Álvaro Cabeza Martí, 2013 (texto)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

Menú
PARTICIPA EN NUESTRO SORTEO


    ×